Una rosa roja restalla en la tumba del cementerio de Potocari, en las afueras de Srebrenica. Han pasado ya quince años desde el genocidio bosnio, quince años desde la última eliminación, masiva y deliberada, en la racional Europa. A la Shoah, el holocausto desencadenado por los nazis contra los judíos del continente (y que se extendió a gitanos, homosexuales, disidentes, opositores y a cualquier otro elemento incómodo para la hegemonía hitleriana), le siguió en 1995 el tremendo episodio balcánico.
Para recordar, es preciso no olvidar. Por eso conviene traer a la memoria que, aquí al lado, apenas a dos horas de avión de nuestros confortables hogares, los soldados serbios del general Ratko Mladic, fueron, casa por casa, buscando a musulmanes bosnios. Primero, los varones. Luego, los muchachos. Poco después, los ancianos y las mujeres. Al final, cualquier bosnio musulmán fue pasado por las armas por los fusileros racistas y por sus adláteres, los paramilitares de la cohorte conocida por 'Los Escorpiones'. Nadie protestó. Había cámaras, toda la información del mundo, pero preferimos mirar hacia otro lado y callar.
Hubo, al menos, 8.000 muertos, 8.000 víctimas de la indiferencia, de tanta diplomacia inoperante con traje italiano y alojamiento en hoteles de cinco estrellas, esa estulticia tantas veces denunciada por tipos como Arturo Pérez-Reverte.
El mismo día en que las fosas comunes se iban llenando de cuerpos inertes y de cal, 400 cascos azules holandeses -pomposamente llamados 'fuerza de interposición'- estaban encargados de proteger a los ciudadanos bosnios de los desmanes. Se quedaron de manos cruzadas.
El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia calificó aquellos actos criminales como «genocidio». ¡Qué triste consuelo para los muertos!
Quince años después, en Srebrenica sólo hay tierra, cemento y huesos. Y una rosa. Roja como la vergüenza. Roja como un semáforo eterno que nos obliga a recordar.
Texto. Julián Méndez.
Fotografía:Dimitar Dilkoff.

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