Y llegó la oscuridad...

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En las municipales, primera vez en España que la mujer tenía derecho a voto (cola de votantes en Hernani el 23 de abril)

Gaza

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PALESTINA ASKATU!!

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lunes

¡Voy a matar a esos negros!» La frase habla por si sola.

Anteriormente se habían producido algunos roces, pero todo saltó por los aires el miércoles a la hora del almuerzo, poco antes de las diez de la mañana. ¿El motivo? Quién podía sentarse en una silla para comerse el bocadillo dentro del pabellón de la fábrica y quién lo tenía que hacer de pie en la calle. Esta disputa venía siendo protagonizada en los últimos días por un joven y su padre -vecinos de una localidad cercana a Miranda de Ebro-, sobre un grupo de cuatro senegaleses, todos ellos trabajadores de una empresa siderúrgica del polígono de Lantarón, ubicado a treinta kilómetros de Vitoria. Sólo que esta vez de los desplantes y gritos se pasó a las amenazas de muerte, y de ahí a una brutal agresión a los empleados inmigrantes por parte del chico y media docena de amigos. Uno de ellos permanece hospitalizado en la UCI.
Según explicaron a EL CORREO responsables de la fábrica, los comentarios y actitudes del chaval y su progenitor hacia el grupo de trabajadores africanos -todos emparentados- carecían «de toda educación y respeto». «Aquí nadie es más que nadie y no permitimos que un empleado insulte al otro por el color de su piel, ni que le llame 'negro' con desprecio», explicaban desde la fábrica alavesa.
Los testigos aseguran que J.S., de «unos 25 años», intentó obligar a uno de los senegaleses a que almorzara fuera del recinto. «Esta silla es mía, ¡levántate!», dicen que le espetó. El operario africano, sin embargo, permaneció sentado. Siempre según esta versión, el joven pegó una patada en la mesa y tiró un café entre gritos de tinte racista. El incidente llegó a oídos de la dirección, que tomó la decisión de despedirle a él y a su padre, ya que no era la primera vez que ocurría un hecho similar. «¡Voy a matar a esos negros!» fue la furibunda reacción del hijo, aseguran varios trabajadores. El joven, que llevaba medio año empleado en la factoría, y su padre, quien se había incorporado este mismo mes, culpaban a los senegaleses de su despido. «¡Mañana os vais a enterar!», vociferó J. S. antes de salir de la fábrica, Curvados Quintín.
Pero no esperó tanto tiempo para cumplir su amenaza. El mismo miércoles por la tarde se presentó en el polígono industrial de Lantarón en compañía de «media docena» de jóvenes, entre ellos alguna chica. «Él sabía que aunque la empresa tiene jornada intensiva los senegaleses estarían haciendo horas extras», explican fuentes de la fábrica. Como en un plan diseñado con antelación, el trabajador despedido y sus acompañantes rajaron, presuntamente, las ruedas del coche de uno de los empleados africanos. Les cortaban así cualquier posibilidad de salir hacia Miranda, donde residen.
Con barras de acero
Eran las seis de la tarde. Los cuatro senegaleses -en la empresa trabaja otro más, pero ese día se encontraba de baja- salieron de la fábrica y ahí empezó la segunda parte del retorcido plan. «Repartidos en tres coches fueron a por ellos, intentando atropellarles, intimidándoles», relata, aún estupefacto, un operario que habló con las víctimas. En ese momento apenas había gente en el polígono. Los dueños de la fábrica tampoco estaban.
Instantes después, J.S. y sus acompañantes se bajaron de los turismos y empezaron a golpearles, cuentan los responsables de la firma siderúrgica después de recoger los testimonios de varios de los operarios agredidos. «Les dieron una auténtica paliza. Utilizaron barras de acero».
S.T., de 34 años, fue el peor parado. Trasladado al hospital Santiago Apóstol de Miranda, los médicos le diagnosticaron traumatismo craneoencefálico «y posible pérdida de masa encefálica». Fue ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), donde aún permanecía ayer al cierre de esta edición, aunque con una evolución satisfactoria.
Su hermano, M.T., de 36 años, sufrió contusiones, aunque de menor grado. Las otras dos víctimas, también parientes y cuyas iniciales son E.T. y S.D., necesitaron asistencia médica, pero no fue necesario su ingreso hospitalario. La Ertzaintza, que acudió al lugar nada más conocer el ataque, ha abierto una investigación para esclarecer los hechos.
Trabajadores «modélicos»
«En cuanto oímos el comentario amenazante de '¡voy a matar a esos negros!', ya tratamos de presentar la denuncia», sostienen desde la empresa, cuya plantilla aún no sale de su asombro. Sobre todo, porque los problemas habían comenzado «hace apenas diez días». El origen parece coincidir, subrayan varios trabajadores, con la incorporación del padre del presunto agresor.
Con anterioridad, J.S. «sí había podido tener alguna conducta xenófoba. Pero, quizá porque se sentía acompañado, ahora su racismo había ido a más. Y esto no lo podemos admitir», sostienen fuentes de la dirección de la compañía alavesa. La plantilla, en este punto, incide en que el comportamiento de las cuatro víctimas siempre resultó exquisito. «Son trabajadores modélicos y excelentes personas», coinciden sus responsables. «Nunca han tenido ni han dado un problema. Al contrario, son gente sana, responsable, trabajadora, que siempre tiene un trato perfecto». 


«Mi familia está muerta de miedo, pero yo pienso salir adelante»



16.07.10 - 02:28 -
Tiene 36 años y desde hace seis trabaja en la empresa siderúrgica. Primero vino él solo a España, pero ahora ya le acompaña su mujer y su hijo pequeño, de un año. «Ellos sí que tienen miedo. Toda mi familia está muerta de miedo, pero yo no. Yo pienso salir adelante, lo tengo claro», aseguraba ayer a EL CORREO uno de los cuatro senegaleses agredidos, M.T.
Es el que más tiempo lleva empleado en la fábrica y cuenta con la confianza de la dirección hasta el punto de que ejerce de encargado con sus compatriotas del país africano. Ahora, como el resto, está de baja. Pero su principal dolor no es físico. «Estoy sufriendo más por mi hermano», que se encuentra en la UCI a consecuencia de los golpes recibidos. «Ya está algo mejor», se consuela. ¿Y el resto de trabajadores? «Ellos sí que tienen miedo de verdad». Hasta el punto de que «nos han dicho que están encerrados en casa y que no quieren salir ni saber nada de nadie», explican fuentes de la empresa.
No es su caso. «Yo soy un hombre como ellos -como los que, presuntamente, le golpearon a él y a sus familiares-, y la próxima vez no me dejaré agredir. Este tipo de comportamientos no se puede permitir», subraya M.T, que espera poder retornar pronto a su trabajo.





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