Y llegó la oscuridad...

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En las municipales, primera vez en España que la mujer tenía derecho a voto (cola de votantes en Hernani el 23 de abril)

Gaza

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PALESTINA ASKATU!!

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jueves

En China, los hijos de los condenados a muerte sufren su propio castigo: la vergüenza y el exilio. Los más afortunados acaban en una institución. Los demás son discriminados y, a veces, asesinados. Así es la vida de los `niños marcados´. Algunos condenados son conducidos hasta una fosa abierta. allí, el guardia apunta su fusil a la nuca del prisionero, mientras le pidE que abra la boca para que el proyectil pueda salir. Otros son arrastrados hasta una ambulancia y liquidados con un cóctel de tiopental sódico, que provoca inconsciencia; bromuro de pancuronio, que bloquea la respiración, y cloruro de potasio, que detiene el corazón.» Gou Gian Hou nos explica cómo funciona la pena de muerte en su país, mientras apoya un trozo de papel manchado en un viejo banco del orfanato situado en China central y lo estira con sus arrugadas y temblorosas manos. En grandes caracteres chinos está escrito «Hsiao mieh», que significa ‘eliminado’. Lo que nos está mostrando es la notificación de muerte de un condenado. Hou, el anciano director de la institución, acaricia la tupida cabellera de Zhaing Sai, que tiene seis años. A su espalda se oye el eco de las risas de otros cuatro huérfanos, que se columpian alegremente en una estructura oxidada. «El certificado pertenece a este niño. El nombre que aparece en el documento es el de su madre. Es todo lo que le queda de ella y él ni siquiera sabe leer. Aquí hay otros 40 niños en sus mismas condiciones, con sus padres ya fallecidos o a punto de morir. En toda China son decenas de miles, en su mayor parte condenados a su suerte y a cuidar de sí mismos a tan corta edad.» Una investigación efectuada en esta zona de China central ha sacado a la luz una trágica consecuencia del rechazo de Pekín a eliminar la pena de muerte: niños que se quedan solos a causa de la ejecución de la madre, del padre o de ambos progenitores. Sentado en el sucio patio del orfanato de Dhong Zou, a cien kilómetros de la floreciente Xián, Xieguntao, de seis años, mete sus dedos en la polvorienta tierra gris, como si quisiera sepultarlos. Inquieto, con la cabeza llena de piojos, permanece en cuclillas, balanceándose hacia delante y detrás. Gou Gian Hou cuenta que su padre fue ajusticiado en la provincia de Shaanxi por un hurto menor. La madre desapareció poco después. «El padre fue arrestado mientras talaba árboles en el terreno de un rico hombre de negocios. Fue ajusticiado en enero. El niño tan sólo tenía tres años», explica Hou. «En las zonas aisladas, los pequeños a menudo tienen que cuidarse solos. Hace unos años encontramos uno de ocho años que cocinaba y se ocupaba de la casa desde que se llevaron a su madre y la mataron. En la China rural, los hijos de las personas condenadas son ignorados. Algunos mueren, otros se trasladan de ciudad y acaban por ser víctimas de abusos o de la explotación laboral infantil. Los que acaban en los orfanatos son afortunados. Se ayudan unos a otros: hablan, lloran, ríen. Juntos son más fuertes.» Xieguntao lleva una camiseta amarilla, llena de manchas. Se anima sólo cuando le ofrecemos caramelos. Hou sostiene que el terrible estigma del crimen del padre nunca abandonará al niño. «Dentro de unos años tendrá que abandonar el orfanato y le resultará muy duro liberarse de la mancha que lo oprime. Los hijos de las personas ajusticiadas no consiguen encontrar un buen trabajo o llegar a la universidad. En China es imposible huir de tu propio pasado, aunque seas un niño y, por tanto, no tengas pasado.» Cuando viajas por China, uno se da cuenta de que los orfanatos tradicionales están abarrotados y a punto de reventar. Son decenas de miles los pequeños a los que se abandona cada año, quizá 100.000, o incluso más. Los centros están repletos de jóvenes afectados de palatosquisis (paladar fracturado), deformes o incluso ciegos y sordos. Después están los sanos, sobre todo hijas de madres adolescentes o de padres que no han respetado la severa imposición del hijo único. Pero las decenas de miles de niños chinos hijos de padres condenados por haber cometido algún delito están obligados a afrontar el peor de los destinos: la vergüenza pública y el exilio. A día de hoy no se conoce el número de «huérfanos de las prisiones». Cada año, en China, se encarcela a alrededor de 400.000 personas, de ellas el 70 por ciento están casadas y tienen, al menos, un hijo. China mantiene la pena de muerte para 68 clases de crímenes, entre ellos el homicidio, el tráfico de drogas, la violación, el hurto habitual, la sustracción o la compraventa de tesoros nacionales o reliquias culturales, el comercio de facturas y justificantes fiscales, la publicación de material pornográfico, la explotación de la prostitución, la distribución de dinero falso, la corrupción, la especulación, el enriquecimiento indebido… Según una reciente clasificación de las naciones ‘carniceras’ más activas, el año pasado China ha aplicado la pena de muerte 470 veces. Pero algunos activistas sostienen que la cifra real alcanza los 10.000.
Hou Yu Hang tiene 13 años y balancea los pies desde lo alto de una litera oxidada en la habitación que comparte con otros seis huérfanos de las ejecuciones de Dhong Zou. En la mano aprieta una foto de la madre, que está a punto de morir. «Espero que venga a recogerme para llevarme a casa», dice. Tras él, una voluntaria del orfanato baja la mirada y se seca una lágrima. «Mi madre ha sido arrestada por vender tarjetas SIM falsas: es inocente y se darán cuenta. En los últimos tres años he ido a verla a la cárcel dos veces. Echo de menos las caricias que me hacía en las orejas y sus canciones.»

Dan McDougall

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